El bien, el mal y el libre albedrío.

Muchas veces hemos oído, o incluso dicho la frase “si Dios existe, ¿por qué permite esta u otra desgracia?”; “¿Por qué Dios permite que los niños mueran?”; “¿Por qué permite las guerras?” …

Dios no creó el mal, todo lo contrario, nos ha intentado conducir a una vida santa y de hecho las Sagradas Escrituras son una muestra de este mensaje en cada una de sus páginas. Pero mientras Dios ha intentado siempre acercarse a nosotros, el ser humano ha hecho todo lo contrario, cuando le ha convenido se ha ido alejando de Él poco a poco. Una muestra gráfica la tenemos en la obra del pintor Miguel Ángel “la creación de Adán”, en la que Dios hace todo lo posible por tocar el dedo del hombre, estirándose para llegar hasta él, pero el hombre, con el cuerpo relajado, parece no tener interés por tocar con su dedo a Dios. Dios quiere al hombre, intenta llegar hasta él con esfuerzo, y a pesar de su divinidad, de su poder, su omnipotencia le tiende la mano, pero el hombre muestra el mínimo interés, como si no le importara, como si no le necesitara para nada, cuando en realidad el hombre necesita a Dios para todo.

Creo que esta obra es una muestra gráfica que plasma perfectamente la relación de Dios con el hombre, y el hombre con Dios: mientras el poderoso, que no tiene necesidad alguna de la existencia del hombre, le tiende la mano mostrando su amor, generosidad, humildad… el hombre sigue mostrando su soberbia y desinterés en Dios.

Entonces, ¿Por qué existe el mal, el dolor, el sufrimiento?

La explicación a esta pregunta consta de dos partes:

El mal no ha sido creado por Dios si no que es una consecuencia de esa separación del hombre con Dios, que no de Dios con el hombre puesto que, como ya he dicho siempre ha intentado acercarse a nosotros por tanto, podríamos decir, en cierto modo que es el hombre el creador del mal como causa directa de la separación de éste con Dios.

El apóstol Pablo nos dejó claro en su carta a la iglesia de Galacia cual es nuestro llamado en el mundo: somos libres, pero para hacer el bien, no para dar rienda suelta a los instintos humanos: «Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.». Gl 5:13-15
Pero no es necesario ir a un punto tan avanzado en las SS.EE., ya en el libro del Exodo, el segundo libro de la Biblia i del Pentateuco, que coincide con La Torá, la ley judía, Dios nos da un decálogo en forma de diez mandamientos con unas normas a seguir. Quizás nunca hemos pensado en ello de esta forma pero los diez mandamientos no son más que unas normas para no alejarnos del amor de Dios. Una guía para seguir a su lado ya que si amamos a Dios sobre todas las cosas, no tomamos su nombre en vano, santificamos las fiestas, honramos a nuestros padres, no matamos, no cometemos actos impuros, no robamos, no damos falso testimonio ni mentimos, no consentimos deseos ni pensamientos impuros y no codiciamos bienes ajenos estaremos siguiendo sus normas para seguir a su lado.

Pero cuando rompemos esas normas, cuando mentimos, cuando tenemos pensamientos impuros, cuando no honramos a nuestros padres… estamos creando un conflicto entre nosotros y Dios, por lo tanto, somos nosotros los que nos separamos de Él y no Él de nosotros.

La segunda parte de la explicación es el libre albedrío. Nuestro Dios no es un dios controlador, permite que nosotros elijamos, que nosotros decidamos el camino que queremos tomar: seguir sus instrucciones y hacer el bien o decidir por nosotros mismos y apartarnos de su lado. «Y Jehová va delante de ti; él estará contigo, no te dejará, ni te desamparará; no temas ni te intimides». (Dt 31:8) Como podemos leer en este versículo del libro del Deuteronomio, Moisés nos deja claro que Dios estará a nuestro lado siempre, pero no controlará nuestro pensamiento ni decisiones, más nos dejará que seamos nosotros los que elijamos el camino de nuestras decisiones y, por tanto, de nuestras vidas.

Por esta razón, cuando decimos “¿Por qué Dios permite las guerras?” estamos errando en el planteamiento del asunto ya que no es Dios quien permite las guerras, somos nosotros los que las provocamos apartándonos de su lado y de la Ley. «Escogí el camino de la verdad; He puesto tus juicios delante de mí». Sal 119:30 Dios ha puesto a nuestra disposición la libertad de elegir caminos y nos ha dado una Ley según la cual debemos conducirnos, pero somos nosotros los que escogemos no obedecer esta Ley y apartarnos del camino correcto.

¿Y por qué permite las desgracias como las enfermedades, la muerte de seres queridos, de niños, de inocentes…?

Como ya he dicho, Dios ha permitido siempre el libre albedrío, y ello comporta no ser un dios controlador que maneja a su antojo un mundo de autómatas que viven según Él los ha programado. Esto supone tanto cosas positivas para el hombre como poder decidir, elegir, etc. y cosas que a nuestros ojos no lo son, como los conflictos humanos, las guerras, la maldad, y todo aquello supeditado al azar como las enfermedades, los destres…

Pero, ¿y los niños? Sin duda los niños son lo que más nos preocupa a todos por su indefensión ante el mundo y sobretodo por el hecho de no tener la oportunidad de haber vivido una vida larga, y por tanto no haber experimentado las cosas que la edad nos aporta: el amor de una pareja, ser padres o madres, trabajar, tener amigos… Como cristianos debemos de partir del hecho que nuestro objetivo de vida debe ser la salvación de nuestras almas. Ninguno sabemos cuanto tiempo estaremos en este mundo, pero lo único cierto es la salvación o la condenación y esto sí está en nuestras manos.

Como dijo Jesús, para entrar en el Reino de los Cielos debemos ser como los niños, es decir, puros, sin pecado cometido de forma consciente: Llevaron unos niños a Jesús, para que pusiera sobre ellos las manos y orara por ellos; pero los discípulos reprendían a quienes los llevaban.

«Entonces Jesús dijo:

–Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos. » Mt 19:13-14

 Por tanto, si creemos en Jesucristo como nuestro único salvador y en la resurrección prometida por Dios, debemos estar tranquilos por que los niños serán salvos, según sus promesas.

Que con ojos humanos nos llena de tristeza es innegable, pero visto con los ojos del Dios Salvador, llegar impoluto a la vida eterna es un privilegio que seguro tiene recompensa.

Cuando nos preguntamos por qué Dios permite esto o lo otro, deberíamos indagar en nuestros corazones si preferimos un dios controlador que no nos permita hacer lo que queremos, en el que todo sea perfecto, es decir: una farsa o un dios que nos ofrece el camino de la verdad y la vida y nos permite elegir.

Albert Sabater Pla