La oración es la forma de comunicarnos con Dios. Para pedirle cosas, para ofrecerle nuestra vida y para agradecerle todo aquello que hace, ha hecho y hará por nosotros.
Como no podemos hacerlo a través de un teléfono, un email o un fax, esta es la mejor forma de hacerlo y a demás, la única descrita en las Sagradas Escrituras como forma válida de hablar con nuestro Padre que está en los cielos: «Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que, si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, él nos oye». 1 Jn 5:14 Dios escucha todo aquello que es conforme a su voluntad, pero ¿qué significa exactamente “conforme a su voluntad”? en pocas palabras: aquello que es de su agrado. Lógicamente no va a escuchar una oración en la que le pidamos algo malo o que perjudique a otros, sean o no creyentes.
La oración no debe ser interpretada como un castigo, una forma de penitencia como entienden algunos sectores cristianos, si no todo lo contrario, debe ser tenida en cuenta como un deleite, una bendición puesta por Dios a nuestro alcance para comunicarnos con Él. El propio Jesús la utilizaba para comunicarse con el Padre. ¡Jesús, Dios hecho hombre! ¿por qué nosotros no vamos a hacer lo mismo?
«Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba». Mc 1:35
El propio Jesucristo sabía que la oración era poderosa y el medio correcto de hablar con el Padre.
Orar es confiarlo todo al Padre: nuestros deseos y anhelos, nuestras alegrías y nuestras preocupaciones y problemas que no sabemos como resolver desde nuestra posición humana, pero que Él puede resolver pues dispone de más recursos que nosotros. No solamente más, si no de ¡todos! pues es el creador de todas las cosas, incluso del tiempo, por lo que la oración se convierte en el puente entre Dios y los hombres.
Al orar no debemos pedirle a Dios que cambie las circunstancias, si no nuestros corazones. Dios no cambiará nuestros problemas, nuestras enfermedades o conflictos diarios, pero si lo hará en cómo afrontamos todas estas dificultades, si se lo pedimos.
Si, por ejemplo, hay una persona que nos atormenta, con la que no nos llevamos bien, no le pidamos que cambie a esa persona, pidámosle que nos ayude a entenderla, a tener compasión, comprensión y de esta forma no solamente agradaremos a Dios, también resolveremos los conflictos con esa persona.
Utilicemos la oración para tomar decisiones. Pongamos todo en manos de nuestro Padre. ¿Quién mejor que Él para cuidarnos? «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» Mt 7:11
Yo solo me imagino a Dios dándonos cosas buenas. Quizás no en la medida que nosotros deseamos, quizás no en el tiempo en que nosotros quisiéramos, pues debemos tener en cuenta que los tiempos de Dios no son los nuestros y que solamente los suyos son justos y perfectos.
Por tanto, antes de decidir algo, ponlo en oración. Cuéntaselo a Dios y Él pondrá en tu corazón el camino correcto. «Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración y lo obtendrán.» Mc 11.24
Pero, ¿cómo debemos orar? Lo mejor es buscar un lugar tranquilo donde otros no os puedan molestar y podáis tener plena comunión con el Padre: en la intimidad de nuestra habitación, por ejemplo, o cuando no haya nadie en casa. «Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que ya tienen su recompensa». Mt 6:5
Para orar solo debemos hablar con Dios igual que lo haríamos con nuestro padre terrenal, contándole nuestras cosas, pidiéndole aquello que necesitamos o dándole las gracias por todo aquello que nos da día a día.
No es necesario expresarse con grandes palabras, un lenguaje rebuscado o términos y vocablos cultos, pues lo que al Padre le gusta no es el continente, es el contenido de nuestro mensaje, de nuestra oración. Lo que le agrada es el mensaje que queremos hacerle llegar, no como lo vestimos o envolvemos.
Y si en alguna ocasión no encontramos las palabras adecuadas por que nuestro corazón está tan afligido que nos cuesta incluso pensar, Jesús nos dio la oración perfecta para hablar con Dios: el Padre Nuestro. «Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos». Lc 11:1
¿Es la oración seguridad de concesión? Jesús nos prometió que todo aquello que pidiéramos en su nombre nos iba a ser concedido, no obstante, orar no significa que Dios nos va a conceder todo aquello que le pidamos en el momento que nosotros deseemos, aunque sea de su agrado, pero sí es seguridad de que va a escucharnos. «Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré; así será glorificado el Padre en el Hijo». Jn 14:13
El poder de concesión está en las manos de Dios, no en las nuestras y es Él quien decide si nos va a conceder o no aquello que deseamos. No obstante, debemos orar siempre para agradarle, para demostrarle que le amamos y que forma una parte privilegiada en nuestras vidas: que contamos con él para todo, que dependemos de él y le necesitamos.
El poder de la oración es real y necesario: «No se preocupen por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús». Fil 4:6-7
Es escuchada: «Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que, si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, él nos oye». 1 Jn 5:14
«Clama a mí y te responderé; te daré a conocer cosas grandes e inaccesibles que tú no sabes». Jer 33:3
Es funcional: «Por eso les digo: Crean que ya han recibido todo lo que estén pidiendo en oración y lo obtendrán». Mc 11:24
Es nuestra esperanza: «Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración». Ro 12:12
Nos acerca al Padre: «El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan en verdad». Sal 145:18
«(…)Y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; 18 orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;» Ef 6:17-18
Albert Sabater Pla
Fuente citas: RV1960
