Cuántas veces habremos escuchado estas palabras: «Todos somos hijos de Dios».
Aunque sea una frase citada en muchas ocasiones debemos diferenciar entre lo que desde el punto de vista teológico-cristiano se considera una «criatura de Dios» y lo que se considera ser un «hijo de Dios».
Entendemos como «Criatura de Dios» cualquier ser vivo creado bien sea un animal irracional o el propio ser humano.
En cambio, ser «hijo de Dios» comprende a todas aquellas personas que creemos en Él, guardamos sus mandamientos celosamente y mantenemos una relación genuina con Dios.
Ser hijo de Dios es creer que Dios es el creador y Señor de todas las cosas, que Jesucristo es el Salvador a través del cual se llega al padre como único interlocutor (Jn 14:16)
El resto solamente son criaturas de Dios. Criaturas que el Señor ha creado, igual que ha hecho con el resto de seres vivos, los animales, las plantas e incluso las piedras. Son seres sintientes, algunos incluso racionales, más o menos, pero lo que les diferencia de ser verdaderos «Hijos de Dios», es el camino interior que han tomado éstos al creer que hay un solo Dios, un solo hijo, Jesucristo, que dio su vida por nuestra salvación y un solo Espíritu Santo que se mueve entre nosotros.
Parece una tontería, pero creer en todo esto es lo que llamamos fe, y precisamente la fe consiste en creer en algo que no se ve.
Si cerramos los ojos en un día soleado no veremos directamente el sol, pero sentiremos su presencia en forma de calor así mismo, aunque no podamos ver a nuestro Dios físicamente sentimos su presencia, su mano invisible que nos guía y nos cuida. Sentimos como nuestras vidas se transforman a través de la oración y nuestras almas son esculpidas por su mano.
El hijo de Dios le conoce y le obedece, hace todo lo posible por agradarle, seguir sus mandamientos, enseñanzas y disposiciones recogidas en las Sagradas Escrituras, las cuales cree que son escritas bajo la propia inspiración de Dios (2Tim 3:16).
El hijo de Dios es llamado y apartado del resto del mundo para tener una relación genuina, sincera y noble con Dios para agradarle y amarle.
Pero lo mejor de todo no es solamente lo que convierte un ser humano en hijo de Dios, es que al serlo Dios te va a conocer y cuidará de ti (Jn 10:14-15), como todo padre cuida de sus hijos (Mt 7:11) y tenga vida eterna (Jn 3:15-16).
Y con esto cerramos el círculo: Creer en Dios es tener fe, y por fe seremos salvos. Tener fe en Dios nos transforma de criaturas de Dios en hijos de Dios.
Albert Sabater Pla
