Albert Sabater Pla

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Albert Sabater Pla

S’gueme en la
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Cuando la atrocidad despert— la barbarie





La noticia que confirmaba la muerte del peque–o Gabriel Cruz fue para todos como un jarro de agua fr’a. Todos, o casi todos, guard‡bamos la esperanza de que apareciera con vida, que todo fuera parte de una travesura, pero una vez mas la cruel realidad se hizo presente al encontrar su peque–o cuerpo de 8 a–os sin vida.

La autora del crimen, ahora confesa, es una mujer dominicana, de piel oscura y pelo rizado al estilo afroamericano. Para algunos Žsta ha sido raz—n suficiente para descender una vez mas en la escala evolutiva e insultar, degradar, vejar, y atemorizar a todo un pueblo, que nada tiene que ver con lo que un individuo haga de forma personal.  Juzgar a un grupo de personas, en este caso mujeres y hombres inmigrantes por el asesinato cometido por una persona, no solamente es injusto, tambiŽn poco inteligente e innecesario.

Lamentablemente, los insultos y descalificaciones contra la autora confesa del crimen han traspasado el ‡mbito de lo personal para abarcar a una amplia parte de las inmigrantes no solo dominicanas, si no a cualquiera que tenga aspecto de no haber nacido en territorio nacional.

La atrocidad del delito, ha conseguido despertar como en muchas otras ocasiones, el mas profundo anacronismo que supone el racismo y la barbarie del odio hacia el colectivo inmigrante, tanto en las redes sociales como en las calles.
El hombre cavernario parece haber vuelto para expresar un deseo oscuro, una opini—n salvaje que nadie le ha pedido y que nadie necesita. Y lo peor, lo mas triste, es que si pudieran, probablemente llevar’an a cabo tales deseos.

Si el peque–o Gabriel pudiera mandarnos un mensaje, seguramente ser’a muy parecido al de su madre Patricia, que intent— iluminarnos a todos con una chispa de cordura anim‡ndonos a transformar nuestra rabia interior en otra cosa.
No me imagino al peque–o Gabriel, que todos dicen que era un ni–o lleno de amor, pidiendo la muerte de alguien, ni siquiera la de su verdugo.

El ser humano nunca deja de sorprender. Es capaz de revelar muestras de solidaridad y empat’a inmensas y al mismo tiempo las intenciones mas miserables, oscuras e inhumanas.

El hecho de que la asesina confesa sea una mujer, emigrante y de piel oscura, ha sido suficiente para que algunos fijaran tanto en ella como en el colectivo al que pertenece, una especie de caza de brujas al que dirigir el odio, intolerancia y rencor. Para alguno de ellos la muerte del peque–o no ha sido mas que la excusa para hacer saltar la espoleta de sus instintos mas primarios, y no es justo, porque entre los inmigrantes, hay gente buena, trabajadora, humilde, que paga sus impuestos, que contribuye en la sociedad en la que vive, que condena el lamentable suceso y que nunca asesinar’a a nadieÉ

Utilizar el asesinato de un ni–o y el dolor de una familia como modo de expansi—n del racismo es lamentable. Pero no menos deplorable es ver como los medios de comunicaci—n lo utilizan como carnaza para aumentar los porcentajes de audiencia.